El Cordero de Dios en el Evangelio del Tiempo Ordinario

Hay palabras del Evangelio que no envejecen. Se repiten año con año en la liturgia, pero nunca se agotan. Al contrario, parecen esperar el momento justo para ser escuchadas con mayor profundidad. En este II Domingo del Tiempo Ordinario, una de esas expresiones resuena con fuerza renovada:
“Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”

No se trata solo de una afirmación solemne. Es una revelación que orienta la vida cristiana entera. En el comienzo del Tiempo Ordinario, la Iglesia nos invita a mirar a Cristo no desde el entusiasmo de la Navidad, sino desde la cotidianidad de la fe que se vive, se decide y se sostiene día con día.


Juan el Bautista y el testimonio que señala a Cristo

El Evangelio según San Juan presenta a Juan el Bautista como testigo, no como protagonista. Su grandeza no está en atraer miradas hacia sí mismo, sino en saber desaparecer para que otro sea reconocido. Juan tiene claro algo esencial: el Mesías no es él.

Por eso su testimonio es tan potente. No explica demasiado, no argumenta en exceso. Simplemente señala y dice: “Este es”. En un mundo que busca afirmarse constantemente, Juan nos enseña que la fe comienza cuando aprendemos a descentrarnos, cuando dejamos de colocarnos como medida de todo y permitimos que Cristo ocupe el lugar que le corresponde.

El Cordero de Dios no es una imagen poética sin consecuencias. Es la manera concreta en que Dios se presenta: no imponiéndose, sino entregándose; no dominando, sino cargando con el pecado del mundo para liberarlo.


No basta convertirnos: el bautismo que libera del pecado

Aquí el mensaje del Evangelio se vuelve más exigente. Juan había anunciado un bautismo de conversión, una invitación a cambiar de vida. Pero ahora aparece algo nuevo: no se trata solo de intentar cambiar, sino de dejarnos transformar.

El bautismo que trae Jesús no es únicamente un signo exterior ni una buena intención espiritual. Es un bautismo en el Espíritu Santo, un don que tiene la fuerza de arrancar el pecado del corazón humano. La conversión es importante, pero no suficiente si no permitimos que el mal se aleje realmente de nuestra vida.

Este punto es clave para comprender la vida cristiana. Muchas veces reducimos la fe a un esfuerzo personal: proponernos ser mejores, corregir errores, cumplir. El Evangelio va más lejos. Nos recuerda que la verdadera transformación nace de la gracia, no solo de la voluntad.


Vivir como discípulos: elegir el bien desde la gracia

Ser discípulos de Jesús implica una toma de postura. No basta con reconocer el mal; es necesario alejarnos de él y optar de manera concreta por el bien, tal como lo hizo Cristo. Esta elección no es dramática ni heroica en apariencia, pero sí profunda y constante.

El bautismo nos ha regalado una identidad nueva: la libertad de los hijos de Dios. Vivir desde esa libertad significa permitir que el Espíritu actúe en lo cotidiano, que vaya disolviendo poco a poco aquello que no nos deja amar, servir y vivir con plenitud.

 

Por eso el Evangelio de este domingo no es solo una enseñanza para comprender, sino una invitación a decidir. Juan señala al Cordero. Jesús camina delante. El Espíritu acompaña. A nosotros nos corresponde seguir, no desde el miedo, sino desde la gracia.